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La Leyenda de la Muñeca Rusa Matrioska

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Las Matrioskas son muñecas tradicionales rusas que son huecas por dentro y en su interior contienen réplicas más diminutas de ellas. Se elaboran en madera de tilo que se talan en el mes de abril y se deja reposar por dos años. Todas las muñecas de la Matrioska principal deben ser creadas con la misma madera para que tenga el mismo proceso de contracción y dilatación.

En la antigua Rusia existió un viejo solitario llamado Sergei, quien poseía un gran talento tallando todo tipo de objetos, pues era algo que le venía de familia, según dice el cuento, nació en algún lugar cerca de la parte inferior del Volga, en la región del Cáucaso, al igual que lo hicieron sus padres, sus abuelos, y también sus bisabuelos y tatarabuelos. El viejo Sergei dedicó toda su larga vida a trabajar y tallar la madera, ya que era un hábil carpintero.

Cada semana, Serguei desafiaba al frío dominante en la región del Cáucaso, para ir en busca de madera para trabajar en ella. Sergei escogía la madera con mucho cuidado y mimo, dedicándole toda su atención, tal era su experiencia en el oficio que era capaz, de forma muy precisa, de conocer de un simple vistazo para qué sería mejor utilizar cada pedazo de madera que encontraba en el bosque. Sin embargo, una mañana, la nieve había cubierto por completo el paisaje, pese a lo cual el carpintero no se desanimó y esperando que la fortuna estuviera de su lado, salió a recoger madera. Por desgracia, toda la madera que encontraba estaba húmeda y no iban a servirle más que para darse calor en la chimenea de su pequeña cabaña.

Apesadumbrado, Serguei emprendía el camino de regreso a casa, cuando todo parecía indicar que ese día iba a ser muy poco productivo, entonces se fijó en un pequeño montón de nieve que había a lo lejos, en el claro, y que le había parecido que se había movido,  creyendo que quizá podría tratarse de un animal herido, Sergei se acercó. Al agacharse junto al montículo descubrió bajo la nieve el más brillante tronco que jamás había visto en todos sus años de profesión, pese a que había recorrido ese camino y buscado en ese bosque tantas veces que sería imposible contarlas. La madera, de un tono muy claro, casi blanco, parecía que brillaba bajo la débil luz del sol que la tocaba. En ese momento Sergei creyó ver como del tronco surgía un tenue rayo de vida. Agarró el tronco, lo cubrió con una manta y comenzó a andar el camino de vuelta a su cabaña.

El tronco pesaba más de lo que Sergei había pensado en un principio, y no fue fácil llevarlo de vuelta a la cabaña. El anciano carpintero tuvo que realizar un gran esfuerzo, y una vez hubo llegado, tuvo un nuevo problema. El tronco era tan bello que no encontraba nada qué fabricar con él. Pensó en muchas opciones, pero las descartó rápidamente, pues tenía que ser algo muy especial. Pasaron los días, y el viejo Sergei estaba tan ensimismado que perdió hasta el apetito. Tan obsesionado estaba con aquel pedazo de madera que no podía comer, dormir ni trabajar. No paraba de darle vueltas a la cabeza:

¿Qué puedo fabricar con éste hermoso tronco? – Se preguntaba Sergei, cada noche.

Serguei se pasó días decidiendo que tallar, pues sin duda debía ser algo muy especial. Al fin, una mañana, el carpintero decidió que tallaría una muñeca, así que dispuso el tronco sobre su mesa de trabajo y comenzó su obra con esfuerzo y dedicación. Tardó una semana en acabarla y al admirarla se dio cuenta de que era su mejor obra. Decidió entonces que no la vendería, sino que la conservaría y así le haría compañía en su soledad.

«Te llamaré Matrioska» dijo el carpintero.

Todas las mañanas Serguei se dirigía a Matrioska para desearle unos buenos días, hasta que un día, y para sorpresa del carpintero, la muñeca le respondió:

«Buenos días Serguei»

El anciano carpintero se acercó a la muñeca totalmente anonadado, para comprobar que era efectivamente ella quien le hablaba y que no estaba perdiendo la cabeza. A partir de esa mañana, Sergei vio acompañados sus solitarios días por la pequeña muñeca Matrioska, quien llenaba esa cabaña de risas y gentiles palabras y lo ayudaba a distraerse de la monotonía de su trabajo diario. Por supuesto, la muñeca, muy tímida, no hablaba cuando había visita, solo se dejaba escuchar cuando Sergei y ella se quedaban a solas.

Pasaron los días y al despertar una mañana, Sergei vio que la muñeca estaba muy triste y Sergei se acercó a hablar con ella. Tras mucho preguntarle, la muñeca al fin le contó lo que la atormentaba. Resulta que cada mañana veía desde la ventana como jugaban los pájaros con sus crías, y como la loba mimaba a sus lobeznos. Del mismo modo veía a mamá osa acompañada de sus oseznos, y lo mismo sucedía con el resto de animales que vivían en los alrededores del bosque.

Incluso tú, querido Sergei – continuó la muñeca – tú me tienes a mí, pero yo no tengo a nadie a quien cuidar. Yo también quisiera tener una hija y decide pedirle a Serguei que, de su madera, le traiga una hija porque deseaba ser madre.

«Tendré que abrirte y sacar madera de ti, lo cual será muy doloroso» contestó Serguei.

«En la vida, las cosas importantes requieren de pequeños sacrificios» replicó Matrioska.

Así fue como se cumplió el deseo de la muñeca. Con la madera de su interior, el carpintero realizó otra muñeca más pequeña a la que llamó Trioska. Sin embargo, el instinto maternal se apoderó también de Trioska, y Serguei, cediendo a sus deseos, talló otra réplica más pequeña aún, llamándola Oska. Y otra vez, el carpintero se vio en la misma situación; Oska quería descendencia. Pero ya casi no quedaba madera, por lo que Serguei talló un muñeco diminuto, al que bautizó con el nombre de Ka, y le pintó unos bigotes.

«Eres un hombre y no puedes tener hijos» le dijo Serguei para poner fin al problema.

Entonces el carpintero metió a Ka dentro de Oska y a ésta en el interior de Trioska y a Trioska dentro de Matrioska.

Esta es la historia de Serguei y Matrioska, quien un día desapareció con toda su familia dejando al carpintero desolado.

Fuente: La historia de Serguei y Matrioska


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